viernes, 12 de octubre de 2012

Blanco&negro


Agricultura Urbana: lo que Cuba puede enseñarnos


Todos los días, 30 millones de porciones de comida son servidas en la ciudad de Londres. Esto implica necesariamente la movilización de millones de camiones con destino a millones de tiendas y restoranes, componiendo un mecanismo orquestral de producción, transporte y distribución.
Damos por hecho que este sistema sincronizado no falla nunca. Pero ¿Qué pasaría si estos camiones fueran detenidos? Por muy surreal que esto suene, esta situación ha ocurrido y no fue hace mucho tiempo atrás.
En 1989, sobre el 57% del consumo calórico de Cuba era importado desde la Unión Soviética. Tras su colapso, Cuba se convirtió de súbito en el único responsable en alimentar a su población, incluyendo los 2.2 millones que habitan en La Habana. [1] Lo que sucedió después es una increíble historia de resiliencia e innovación.
Mientras el universo se vuelve progresivamente urbano, nuestros cultivos tienden a reducirse y nuestra dependencia a los combustibles fósiles se vuelve adverso. En este escenario, la pregunta de cómo vamos a alimentar a miles de millones de habitantes de las ciudades en el futuro no es un mero experimento mental: se trata de una realidad contingente.
La historia de Cuba levanta una pregunta interesante: ¿Cómo se verían nuestras ciudades si comenzáramos a instalar la producción/distribución del alimento como el principal foco del diseño urbano? ¿Qué se necesitaría para convertir esto en realidad?
Más información sobre cómo la comida puede configurar nuestras ciudades, después del salto.

Este mapa de 1676 de Londres muestra una amplia calle que corre de este a oeste a través del centro de Londres. Carolyn Steel señala los diversos nombres de las calles a lo largo de su longitud, tal como Cheapside, Poultry y Cornhill, que indicaría que se trata de rutas alimenticias en el centro de Londres. © Wikimedia Commons usuario Mike Calder. A través de la revista Ecos.
En su charla TED, ¿Cómo la comida puede dar forma a nuestras ciudades?, Carolyn Steel, autora de Hungry City, explica cómo, desde los inicios de la urbanización, las ciudades se han entrelazado con la agricultura, lo que es, por supuesto, lógico. No existe otra manera para que una ciudad pueda subsistir si no es con una fuente segura de suministro de alimentos.
Steel asegura que muchas veces los nombres de las calles pueden ser referentes a una lectura de las rutas que realizaba la comida al labrar su camino por las antiguas ciudades hasta alcanzar su comercialización en las plazas más importantes, y cómo las ciudades se han construido en torno a la facilitación de este flujo. Así, la Friday Street -Calle Viernes- de Londres era donde el pescado de los viernes se vendía.
Sin embargo, la industrialización transformó esta relación. Como afirma Steel, tan pronto como comenzamos a utilizar el ferrocarril para la importación de carne -de animales ya sacrificados-, y vegetales -ya recolectados- hacia las ciudades, hemos “emancipado de manera efectiva [nuestras ciudades] de la geografía”. De pronto vimos que nuestras ciudades podían brotar de cualquier forma a una alta y progresiva tasa de crecimiento. Pero este supuesto progreso tiene su lado oscuro.
El habitante urbano típico de hoy no posee ninguna consciencia de dónde y cómo se produce/comercializa la comida. Nos hemos vuelto dependientes a grandes y poderosas corporaciones que operan con la máxima rentabilidad económica para proveer cantidades de comida a gran escala desde procesos industriales hasta nuestros supermercados, el único lugar donde se vuelven visibles. Todo lo que sucede entremedio es invisible para el consumidor, enormemente complejo y, en última instancia, insustentable.
Alimentos y Mercado de Agricultores
Hoy existe el caché cultural de los mercados de agricultores y productos orgánicos, mientras proliferan jardines en las cubiertas de los edificios y CSA locales, aproximándonos cada vez más a un grupo considerable de la población que intenta disminuir la brecha, tanto física como conceptual, entre el consumidor y el productor de alimentos.
Pero a pesar de que estas organizaciones se encuentran emergiendo desde movimientos locales, es difícil imaginarse sus impactos como alternativa viable a nivel del sistema alimentario masivo que actualmente posee un dominio absoluto sobre la economía y el gobierno. Como afirma el escritor Chris Dehenzel de “Stocking the City”, para que cualquier sistema alternativo de alimentación sea exitoso se requiere implementar “cambios estructurales y fundamentales en las políticas y niveles de planificación”.
Este escenario insiste en la pregunta: ¿Como sería un cambio fundamental en la aproximación política y la planificación? Podemos usar a Cuba como respuesta.
Ejemplo huerto urbano, La Habana, Cuba. Via CPULs.
El Caso de Cuba
En la década de 1990, con la interrupción de las importaciones de la Unión Soviética y frente a una escasez masiva de alimentos, los ciudadanos de La Habana hicieron lo único que podían: tomar sus vidas en sus propias manos.
En los balcones, terrazas, patios y  terrenos baldíos, los vecinos comenzaron a sembrar frijoles, tomates, plátanos y cualquier alimento posible en el sitio que estuviera disponible. En el lapso de dos años, se levantaron jardines y granjas en todos los barrios de La Habana. [2]
El gobierno atendió esta iniciativa y en lugar de inhibirlas, orientó sus políticas para fomentarlo. En 1994, el recién creado Departamento de Agricultura Urbana llevó a cabo algunas acciones claves: (1) adaptó la normativa incorporando la planificación del Usufructo, volviéndolo no sólo legal, sino también libre para adaptar terreno sin uso y público a disposición de potencial territorio productivo; (2) entrenó a una red de agentes de extensión, miembros de la comunidad que monitorean, educan e incentivan a construir huertos barriales; (3) creó “Seed Houses” (Casas de Semillas) para proveer recursos/información; y (4) estableció una infraestructura de venta directa de Mercados Agrícolas para volver estos huertos rentables. [3]
Para 1998 se alcanzaron más de 8.000 huertos oficialmente reconocidos en La Habana- desde parcelamientos de manejo individual hasta grandes fincas de gestión estatal- cuyos productos son orgánicos (por necesidad, no se han importado pesticidas) y cubren un 50% de la producción de hortalizas del país. [2]
Sobre Viabilidad y Visibilidad
Es un hecho que Cuba está lejos de ser perfecto y que estas políticas se mantengan exitosas es cuestionable (Cuba vuelve a ser dependiente de las importaciones extranjeras. Cuando Raúl Castro reemplazó a su hermano en 2008, una de sus principales promesas fue revitalizar un sector agrícola que se había plagado de burocracia e ineficiencia).
Pero lo que es fascinante sobre Cuba es cómo, a partir de la energía de la necesidad, la comida se convirtió nuevamente en un factor determinante en la configuración de la ciudad. Lo que se requería, sin embargo, era la eliminación de cuajo del sistema alimentario que solía estar arraigado.
Aunque las circunstancias en otros paises no son tan graves ni extremas, existen algunos paralelimos que se pueden extrapolar. En primer lugar, las crisis económicas actuales han vuelto necesario el reajuste acuciante de los sistemas alimentarios obsoletos, ineficientes e insostenibles. En segundo lugar, el cambio cultural en cuanto a la relación con los alimentos, sobre todo debido a los emergentes problemas de salud y las epidemas de obesidad, ha dado lugar a la producción personal de los alimentos a consumir.
En Cuba, así comenzo todo: ciudadanos involucrados tomando acciones a modo de respuesta a una situación de crisis. Antes de que la Agricultura Urbana se volviera una alternativa viable para alimentar a la población, se convirtió en un curso visible de acción. Si nos aproximamos a la idea de que la comida sea un lineamiento más de diseño urbano, acto seguido, debieramos ser capaces de usar el diseño para disminuir no solo la distancia física, sino también conceptual, entre nosotros y nuestros alimentos.

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